Estaba asquerosa, pero traté de comportarme con normalidad, como si me gustase, el hombre aún me seguía mirando.
-Perdone… ¿no tiene nada mejor que hacer?- le insté.
-La verdad, no, no todos los días vienen damas tan hermosas a mi mediocre bar ¿sabe?- me soltó, con aquella misma tonalidad en la voz que antes, con aquél mismo matiz de…
No quería ni pensarlo.
-Pues lárguese, quiero estar sola- ese hombre me ponía enferma, me miraba de un modo muy extraño, inquietante.
-Está bien señorita, que luego digan que aquí se tratan mal a los clientes- otra vez ese tono.
Pero se dirigió hacia la otra punta de la barra, y se dedicó a mirar como cantaba el chico.
Yo, mientras, seguí bebiendo aquella asquerosa jarra en la que posaba eso que a todos los hombres les gustaba, esa bebida que ahora me daba cuenta de lo repugnante que era, tan repugnante que me permitía a mí misma mirarla con cara de asco, como si no mereciese existir, era incluso mas repugnante de lo que me sentía yo en ese momento.
Comprendí también por qué la gente solía desahogarse con aquella bebida.
Cuando me la acabé, hice señas al camarero para que viniese, él cedió y vino a mi encuentro.
-¿Si, preciosa?- me preguntó en un tono amable, o eso me pareció, creo.
¿Ya estaba borracha?
Joder, qué poco aguante.
-Otra- y le alcancé la jarra.
-No parece ser una bebedora compulsiva, no debería tentar su suerte- me dijo, en tono de sermón.
-Y tú quién te crees que eres ¿mi padre?- si, el alcohol me estaba haciendo efecto, y todo el enfado que llevaba acumulado desde hace dos años estaba saliendo a la luz, especialmente el de desde hace unas horas -¡Te he dicho que me pongas otra! ¡Soy yo quién paga!
-En ese caso, sírvase todo lo que quiera usted misma, aquí tiene el grifo- señaló lo que parecía el grifo de la cerveza.
No estaba segura.
No es que estuviese viendo doble, pero en realidad tenía la cabeza muy lejos de allí, así que probablemente pareciera que estuviera borracha, aunque no lo estaba en absoluto.
Aún.
Me serví yo misma, como me había sugerido el camarero.
Se me derramó la mitad, me hizo gracia, así que decidí que podía reírme, ¿por qué no? La vida es una mierda, pero ahora yo estaba totalmente desconectada de mi propia vida.
El camarero se unió a mis carcajadas.
-Si quieres te doy un plano, es que si no, me arruinas, chica- dijo.
Solté otra sonora carcajada.
-Eres gracioso ¿sabes?- le dije, entre risas –al principio pensé que eras un viejo verde, pero tío, me caes bien.
Y otra carcajada.
-Un viejo verde yo ¿eh?- no pareció ofendido, es mas, parece que le agradó la expresión.
Me serví otra jarra.
Y otra, no sabía cuanto tiempo llevaba en el pub, pero el viejo me había contado un par de chistes buenísimos.
Bueno, ¿un par? Creo que mas, algunos pocos, en realidad, no estoy segura.
Pero sobretodo hice sobresaltar a todos allí con las carcajadas que me provocó el chiste más gracioso que había escuchado en mi vida.
-Van dos y se cae el del medio- me había dicho el viejo que, por cierto, no me acordaba de su nombre.
¡A no, que no me lo había dicho!
-Oye, abuelito ¿te apuntas a bailar?- le dije, supuse que le encantaría la idea, y, además, tenía el ritmo de las canciones que ahora estaba cantando el hermoso rubiales metido dentro, ahora eran más marchosas, mis pies me pedían movimiento, y todo mi cuerpo también.
Sentía la adrenalina en la venas.
-Vaya, me halaga que una dama como tu me pida de salir a bailar- dijo, parecía hablar en serio, o eso es lo que creo –pero yo ya no tengo cuerpo para esas cosas.
Me había rechazado un viejo verde.
¡Será…!
-Él quizás no, pero yo estoy disponible.
Alguien había hablado a mi espalda, la voz sonaba… ¿inquietante? Sí, esa era la palabra correcta, una voz demasiado hermosa, angelical, el susurro de un dios, eso era lo que me había parecido.
Definitivamente, si no estaba borracha, estaba loca.
Me giré para encararme al dueño de aquel sonido celestial. No sé, recuerdo borroso ese momento, creo que primero me costó mirarle, sí eso, me costaba mirarle, y me dolía, me dolía mucho.
¿He mencionado antes la belleza del cantante del bar? Bien, pues al lado del ser que tenía ante mis ojos, dicho muchacho no era más que una simple mofeta.
Ya te puedes imaginar lo horripilante que me sentía en ese momento.
Era rubio, sí rubio. Yo odiaba a los tipos rubios, rubios y pijos. De hecho era lo que mas había odiado hasta hace exactamente unas horas.
Bueno, y ese odio había sido aniquilado a penas unos segundos.
Rubio, con unos ojos, no demasiado grandes, no, si no pequeños, pequeñitos y expresivos, no era difícil perderse en ellos, no, nada en absoluto. Además tenían un color extraño, a penas distinguible con la leve luz rojiza del local. Su nariz, o dios, era una nariz completamente recta, con la punta curvada de un modo muy gracioso, de un modo demasiado elegante. Sus cejas, eran las cejas más hermosas que había visto en la vida, completamente perfectas, sin ningún pelo fuera de su sitio, completamente perfectas.
A veces creo que me repito demasiado.
El cabello, en fin, parecía oro puro, oro del bueno, oro del de verdad. Lo tenía alborotado, algunos mechones sobresalían hacia un lado o hacia otro, de un modo juguetón y rebelde, pero elegante y sexy a la vez. Su frente, bueno, completamente lisa, con una curvatura picarona, provocada por la expresión de una de sus cejas, la cual había elevado un tanto hacia arriba, dándole un matiz irresistible.
Irresistible como él mismo.
Sus labios, era lo que más me gustaba de aquél rostro celestial que tenía ante mi mediocre persona, tan lisos, finos y carnosos, tan perfectos e insaciables. Luego estaba la forma de su cara, una mandíbula no demasiado cuadrada, ni demasiado alargada, ni redonda, algo indescriptible, demasiado perfecto como para poder expresarlo con cualquier palabra cutre, cualquier palabra que pueda decir una simple muchacha inculta a la belleza. La nuez se le marcaba en aquél orgásmico cuello, tan perfecto, tan perfecto como cualquier otra parte de su perfecto cuerpo, de todo lo que yo llegaba a ver de él.
Tenía la camisa blanca desabrochada, unas leves gotas de sudor se derramaban por aquél pecho musculoso y perfecto, aquél pecho hermoso que un simple tejido hecho por unas impuras manos humanas habían creado para impedirme aquello que mis mediocres ojos no podían pero deseaban ver. Su piel parecía realmente suave, daban ganas de tocarla, y, a la vez, la impresión de que desaparecería al mínimo contacto lo suficientemente impuro, como lo era cualquier contacto que yo pudiera ofrecerle.
Era más alto que yo, cosa que no era difícil.
Hacía calor, o si, demasiado calor. Quizás era obra de todas las cervezas que me había bebido, quizás tenía que ver con los pequeños focos rojos del escenario, teoría que descarté casi al instante, ya que eran tan pequeños y mediocres que no parecían desprender calor alguno. No.
Esos sofocantes calores provenían de la criatura que tenía en frente de mí.
Creo que me sudaban las manos, si más bien no, creo que me sudaba hasta el cerebro.
-¿Y bien?- me instó la criatura.
-¿P… perd… perdón?- tartamudeé, tartamudeé como una idiota, como lo que era, mas bien.
-¿Bailas conmigo?
¡Es verdad!
La criatura me había preguntado que si quería bailar con él, algo que se me había ocurrido soñado en cuanto clavé mis ojos en su perfecta persona, si es que era humano.
Y yo, una mediocre muchacha, y encima borracha, aquí, plantada, sin saber que decir ante una pregunta tan sencilla cuya respuesta solo podía ser una.
Pero parecía tan absurda que incluso sentí vergüenza de mí misma.
-Creo que eso es un sí- esa voz no era el sonido proveniente del cielo, o, de lo que llega a ser lo mismo, de la criatura que tenía ante mi persona.
Era la horripilante voz del estúpido viejo verde.
¿Había dicho que me caía bien? ¡Qué estupidez!
En ese momento, sentí hastío por aquél hombre que me había distraído de mi ensueño, de mi importantísima misión de contemplar hasta saciarme de aquélla maravillosa visión.
-En ese caso…- y el ángel extendió su brazo hacia mi dirección.
No pude más que imitarle de un modo torpe y sin la gracia con la que él lo había hecho.
No recuerdo haber caminado en ese momento, solo recuerdo que flotaba frente a él, en mitad del asqueroso pub demasiado impuro para nosotros. Sí, ahora yo me sentía incluso celestial, al contacto de su fría piel, me sentía como si se me hubiese pegado algo de aquella perfección.
Por muy leve que fuera.
Ahora me di cuenta de que la humedad de su pecho no era sudor, por lo visto se le había derramado alguna bebida, de un tono rojizo, aunque cualquier cosa se vería rojiza en aquél lugar.
Dimos vueltas, de un lado a otro, ya no escuchaba la música del cantante rubio, si voz me sonaba como la de un gallo en ese momento.
Tenía mucho calor, pero por alguna extraña razón la piel del ángel estaba fría, lo cual contrarrestaba la temperatura del pub.
-¿Cómo te llamas?- me preguntó.
Se dirigía a mí, aún me costaba un poco hacerme a la idea.
-Creo que mi nombre es… Vanesa- dudé, y no porque no quisiera decirle como me habían nombrado mis padres, si no porque había estado a punto de olvidarlo de verdad. De hecho, ni siquiera recordaba qué hecho paranormal me había llevado hacia el cielo, un cielo un poco rojo, pero un cielo.
-¿Crees?- se rió, de un modo musical –Estás un tanto borracha ¿no?
-¿Borracha yo?- no sabía lo que decía en ese momento, de hecho, no sabía ni si lo decía yo misma -¿Qué es eso?
Definitivamente estaba loca.
Volvió a soltar su musical risa, o carcajada, o como se diga.
-Yo me llamo Chad, y no lo creo, lo sé- me dijo.
No pude más que reírme, pero qué leches, si no había parado de reírme desde que me había terminado la primera jarra de cerveza.
-Un nombre hermoso- pero no tanto como el dueño.
-Igual que el tuyo- me decía.
No me había dado cuenta de que teníamos que estar elevando la voz un poco, para que se nos oyera.
No era consciente de eso, por tanto, no lo había hecho, sin embargo, el ángel Chad no parecía haber tenido dificultad alguna para escucharme.
-Eres un tanto extraño ¿sabes?- le dije.
¿Por qué lo hice?
-¿Extraño en qué sentido?- me preguntó, o más bien me estaba retando.
-No sé, no pareces humano, la verdad- me daba la impresión de ser un ángel. No, no me daba la impresión, lo era.
-¿Qué te hace pensar que soy humano?- seguía retándome.
-En realidad, hace rato que he descartado esa teoría, no eres humano.
-Entonces según tu teoría ¿qué soy?- el juego seguía.
-Pues no lo sé, ni siquiera soy capaz de apreciar al cien por cien tu belleza- y yo hablaba con total comodidad. ¿Tartamudeé en algún momento? Seguramente, y de hecho, creo que me mordía la lengua sin querer.
No olvidemos que estaba borracha.
-Dímelo tú- ahora era yo la que lo retaba a él.
-Vale, te diré la verdad- acercó su cara hacia mi costado, el derecho, creo, sentí un helado aliento en mi oreja, y el dulce susurro de su voz –soy un vampiro.
Odié el momento en el que separó su rostro del mío.
-Bien, vampiro, en ese caso- eché mi pelo hacia el lado izquierdo, e incliné la cabeza hacia ese mismo costado, y me acerqué a él –te cedo mi sangre.
En ese momento vi brillar un fuerte matiz de satisfacción y adicción en sus ojos. Yo le gustaba de verdad, y deseaba que me hiciera suya, suya para siempre.
Acercó sus labios a mi cuello, y lo rozó suavemente con la lengua, saboreando mi piel, mi hedor.
-Eres insaciable- susurró no a mi, si no a mi garganta.
-¿Y no quieres probar hasta qué punto puedo saciar tu sed?- le dije tan seductoramente como pude, tan torpe como siempre. Pero pareció ser suficiente para él, que estaba realmente excitado.
Y yo no era menos.
Todo aquello había conseguido hacerme olvidar a Tom y a los motivos que me habían llevado hasta ese pub nocturno. Y no volví a recordarlo en toda la noche. De hecho, ya no volví a tener nunca más un recuerdo, por lo menos, no como humana.
Coninuará...